Sunday, August 3, 2008

Un millón de soles, Jorge Eduardo Ben avides

Alfaguara, Madrid, 2008. 424 pp. 19,50 €

 

Quizá porque una revolución es un asunto serio, ha de contarse en la intimidad amplificada de una timba de póker regada con buenos whiskies, con imprescindible pisco sour. Quizá porque todo proceso de cambio implica a una nación de una manera radical que afecta hasta los límites del propio suelo, es preciso un coro de voces en doble frecuencia: una para la monocorde voz estatal esperada; otra, para el estéreo de sombras que envuelve las conspiraciones. Todo esto parece saber Jorge Eduardo Benavides (Arequipa, Perú, 1964) al escribir Un millón de soles, porque hace ficción del gobierno del general Velasco en Perú (entre 1968 y 1975) a través de una novela construida de anticipaciones, flash-backs y baile de voces, de personajes, casi a cada párrafo.
La novela de dictador es género viejo, pero se agradecen las nuevas maneras de encarar el asunto y retratar una época. Un millón de soles es una novela de dictador, es una novela política y es, a la vez, un lujo para el lector que se ve abrazado sin dificultad por un estilo indirecto libre a priori impensable pero que se revela como la única forma posible para contar esta historia que, cliché, comienza con toda la esperanza en la reforma de un país (nacionalizaciones, reforma agraria, defensa de la cultura tradicional, fin de la corrupción civil) y va mostrando la imposibilidad de llevarla a cabo por la propia dinámica interna de un gobierno de militares al que en los momentos clave le falla, especialmente, la disciplina.
Empieza la novela con Velasco en la vorágine: pocos días en el Palacio presidencial, mucha gente a la que recibir, muchos asuntos que tratar, todo el petróleo del Perú por devolver al pueblo. Éste será uno de los escenarios: el trajín que rodea al dictador y que no lo abandona ni cuando, insomne, quema un cigarro tras otro en la cocina de su casa. Como otros espacios están las casas de los generales: las grandes fiestas; también las casas de algunos civiles que, en un aparente segundo plano, van moviendo los hilos, las exportaciones, el dinero… A la manera de historia secundaria que a veces enlaza con la principal, las deportaciones de quienes son críticos con el régimen, el papel de los periodistas, civiles también, en este gobierno que en sus manos deja demasiado poder, que en parte se arruina por ello.
Sólo este coro imposible de voces entrecruzadas a diferente volumen, con diferentes objetivos, parece capaz de mantener una estructura complejísima como la más perfecta tela de araña. Benavides es aquí la mejor tarántula: no pierde un cabo, lleva al lector con firmeza por un camino a veces tupido pero que tiene un destino claro. La novela se compone así: estampas del dictador y su gobierno, de los asuntos políticos candentes, de los ascensos y los pases a retiro, de las guerras de la prensa, de los deportados, de alguna interesada historia de amor, del gusto de algún general por las niñas. Todo ello en los dos planos citados: el entorno del presidente por un lado y los interesados civiles, también algunos militares, que en torno a las cartas tejen y destejen el verdadero rumbo del país.
Velasco sobrevivió a varios intentos de golpe, incluso cuando su salud estaba en precario. Pero finalmente cayó, fue apartado y a Perú regresaron las fuerzas viejas que el militar piurano expulsó (hasta el anterior presidente, Belaunde Terry pudo regresar al poder). En la novela de Benavides, el gran día en que se planea la conspiración que nosotros como lectores vamos siguiendo ocultos en el fondo de esa sala en la que se juega póker, el cambio de rumbo es otro. Una huelga policial encarnizada sirve de marco al intento de golpe que no es derrotado por el ya solo Velasco, sino por otro golpe, por otra conspiración. Y es que al lector le ha sido dado atender a una de las traiciones políticas que se plantean, no precisamente a la que triunfa.
Basada en hechos tan reales como ese período de la historia peruana, tal vez su vinculación con unos acontecimientos es su gran riesgo: por lo que los lectores no especializados o no peruanos van a desconocer y por la parcialidad implícita en toda forma de contar la propia visión de la historia. De hecho el único punto fácil, flaco de la novela es a veces la visión de Velasco: con él es benevolente el autor, de esa manera casi olímpica que libra a los grandes hombres de la censura que puede hacerse a sus gobiernos: ellos no sabían, ellos no contaban con… Dibujar al militar peruano en esa clave le resta veracidad, personalidad; el reto tal vez habría estado en contarlo sin protegerlo (si es que resulta necesario tal colchón para un personaje ya en la realidad bien novelable, bien presente aún en la conciencia peruana –o tal vez precisamente por eso).

El desierto y su semilla, Jorge Bar ón Biza

451 editores, Madrid, 2007. 296 pp. 17,50 €

 

Es prácticamente imposible leer este libro sin sentir una incómoda opresión en el estómago, no en balde nos sumerge, ya desde las primeras líneas, en una situación difícil de digerir. De pronto, el lector se encuentra ante un suceso trágico que le sujeta las tripas y ya no se las suelta hasta el final. Todo comienza con un rostro que se está desintegrando bajo los efectos del ácido. Es el rostro de Eligia y el ácido se lo ha lanzado Arón, su marido. Más tarde, la policía encontrará a Arón con un disparo en la cabeza.
El narrador, hijo de ambos, lleva a Eligia al hospital y la prosa de Barón Biza nos transmite perfectamente la confusión de la situación, el terror ante los daños irreversibles. Es un estilo minucioso, que presta especial atención a los detalles, que no se amilana ante los aspectos más desagradables. Sin embargo, algo llama la atención en esta obra: la distancia del narrador. Lo observa todo, y nos lo transmite sin ninguna carga emocional, como si fuera un ser arrastrado por las circunstancias que observara perplejo todo lo que ocurre a su alrededor, esperando que las cosas se detengan un momento para tomar aliento. Así, mientras lleva a su madre herida, intentando quitarse las ropas empapadas en ácido, se fija en que en el cine de la esquina están dando Irma, la dulce. Esta pasividad, este mirar en derredor, desviando el foco de la acción, acrecienta el impacto de los párrafos en los que vuelve la vista al drama, al dolor, con toda crudeza.
«Eligia no gritaba; se arrancaba la ropa y gemía en voz baja. Yo hubiera querido que gritase con fuerza para que algunos peatones dejaran de sonreír, estúpidos o salaces, y nos permitiesen pasar. Pero Eligia solo gemía, con la boca cerrada, y se arrancaba sus ropas mojadas con ácido quemándose también las palmas, una de las pocas partes de su cuerpo que hasta entonces no habían ardido con la humedad traicionera».
Tras unos meses de recuperación, les recomiendan marchar a Italia, donde les aseguran que se encuentra el mejor doctor en cirugía reconstructiva del rostro. Emprenden un viaje que servirá para hablarnos de las heridas de ese rostro, pero también de las heridas de la propia patria y, especialmente, de las del narrador, que se muestra en todo momento como un hombre que no encuentra su lugar en el mundo, que se entrega compulsivamente al alcohol, que no duda en hundirse en el fango de una existencia que no parece tener ninguna meta, ningún atisbo de poder enderezarse. Mantiene una especial relación con una prostituta, se pierde en la ciudad, participa en juegos degradantes, mientras rememora episodios del pasado, en una espera asfixiante por conocer los avances en el rostro de Eligia y que parecen corresponder con su pérdida de sentido, su deambular desesperado y perdido.
Un libro duro e incómodo, una indagación existencial a los rincones oscuros del ser humano, narrado con precisión y elegancia, en un texto en el que, entre destellos de humor ácido, predomina un tono desapasionado y distante, como el que empleaba el narrador de El extranjero, de Albert Camus. Una historia que conduce al lado más oscuro del ser humano, y cuyo descubrimiento supone admitir que encerramos una bestia en el interior que escapa a las leyes del raciocinio. Las minuciosas descripciones de las heridas y de las operaciones, conectan directamente con el estado lacerado del alma del narrador.
Jorge Barón Biza se suicidó unos años después de la publicación de este libro, continuando así con lo que parecía ser una constante en su familia, pues también su padre, su madre y su hermana se habían suicidado. A este respecto, se cita un texto en la solapa del libro en la que el escritor cuenta que después del tercer suicidio en su familia «las personas corren a cerrar la ventana cada vez que entro en una habitación que está a más de tres pisos».
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Diez poetas, diez músicos, Varios Autor es.

Calambur, Madrid, 2008. 136 pp. 18 €.

 

Simplemente, uno accede al establecimiento y, en uno de los estantes, se topa con un libro titulado Diez poetas, diez músicos. Se trata del loable proyector de Calambur de juntar a diez poetas (¡vivos!) con otros tantos compositores (¡vivos!) para que estos últimos pasen al pentagrama algunos versos. Algo luminoso para estos tiempos de especialiación unidisciplinaria. Simplemente, uno se ilusiona. Más tarde, ya en casa, uno comienza a leer los poemas y a escuchar la música y, en ese momento, ocurre el milagro: los treinta metros cuadrados de zulo se desploman y uno aparece, transportado, en los pasillos de la Galería de los Uffizi, en Florencia. Todo es claro y limpio. En esta primera sala, Cimabue y Duccio van dejando asomar humanidad en los cuellos de un ángel o en el maphórion de la Madonna. En la siguiente, Baldovinetti y El Vecchietta avalan diversos colores y apuntes de relajación doctrinal. Más adelante, y progresivamente, los Ghirlandaio, los Di Credi, los Vasari… irán voceando la perfección de cada pliegue, la muesca de cada ladrillo, pasando por los sublimes cuellos de Parmigianino. Todo es claro y limpio. Sin embargo, uno tiene una sensación extraña, observa alrededor y se da cuenta: en cada sala falta un muro. Aquí debería ir un Giotto, con sus trazos rectos y su luz verdosa, capaces de manifestar el dolor en toda su dimensión. Aquí, permanece ausente un Fra Angelico y sus esquinazos mínimos, anecdóticos, en los que se desarrolla toda una vida. Aquí falta la celebración del ego por parte de Miguel Ángel. Y aquí el hedonismo de Botticelli, y el enigma de Giorgione, y la recreación alucinada de Leonardo.
Todo es claro y limpio. Así es este libro. Los poetas (la mayoría de ellos veteranos, y algunos, incluso, celebrados) dominan las formas, los ritmos, el lenguaje, los tonos… Los músicos conocen a la perfección los recursos acústicos, los procedimientos compositivos, las vías de desarrollo… Pero formas, ritmos, lenguaje, tonos, recursos, procedimientos y vías que no son otra cosa que aceptaciones, legados, academicismos, consensos. Es meritorio llegar a dominar todos estos elementos disciplinares, lo sé; su logro implica horas y horas de lecturas, escuchas, análisis y bocetos. Sin embargo, una vez conquistado el dominio, no estaría de más crear.
Tal vez, seguramente, el problema no radique en la perfección técnica, indiscutible y necesaria, sino en la asimilación de la realidad. Desde los años sesenta, el arte carga con el lastre del civismo, que no es otra cosa más que el socialismo mal entendido o la filantropía ñoña y gregaria de carácter universalista. ¿Dónde se encuentra algo tan sencillo como es el sentido del juego? ¿Dónde está no ya el riesgo sino la sinceridad? Sin tapujos, sin pudor. El domingo para el hombre.
En esta lectura y en esta escucha se evidencia que muchas de las autorías podrían ser perfectamente intercambiables entre autores. Es posible que parte del dilema nazca del constreñimiento con que se ha abordado el proyecto. Como Ilia Galán explica en el prólogo, los escritores eligieron los poemas de “estructura más fácilmente musical”. Que alguien me explique qué significa esto, porque uno, en su simpleza estética, siempre ha considerado que el producto artístico nace de sí mismo. Por supuesto, se aceptan influencias y legados, pero nunca la supeditación al objeto artístico. No estaría de más recordar a Schoenberg , en música, y a Vallejo en literatura para ver claramente lo que se puede llegar a realizar con la fe puesta en la misma creación. No estaría de más recordar que la obra de arte se debe generar a sí misma, formar todo un universo dentro de sus límites que, finalmente, son inexistentes gracias a su propia fuerza, a su propia individualidad.
Por supuesto, habrá quien lea esto y me demande estudio pormenorizado de cada creador. No faltaba más: si así lo desea alguien, lo haré encantado. Músicos y poetas y músicos con poetas. Perfecto. Sin embargo, antes de pedírmelo, que cada cual saque sus conclusiones sobre el estado de la autoría/personalidad en la creación contemporánea. Y que nadie llore. Simplemente, que se ponga a crear.

Ficción Sur. Anto logía de relatistas andaluces, J. J. Muñoz Rengel (ed.)

Traspiés, Granada, 2008. 220 pp. 15,95 €

El género del cuento ha generado, desde siempre, opiniones que no dejan a nadie indiferente, incluso proporciona alguna que otra polémica acerca del lugar que ocupa en el mundo de la narrativa contemporánea. De «extraño género en el que se da la paradoja de ser, quizás, el más antiguo del mundo y el más tardío en adquirir forma literaria», fue calificado por Baquero Goyanes. Y, no menos cierto, es el hecho de que debamos seguir considerándolo como la cenicienta de la literatura, nos atrevamos a dudar de la calidad de los relatos o microrrelatos que se publican o nos mofemos de algunos autores, cuando inician, precisamente, su carrera literaria entregando colecciones de cuentos.
En las últimas décadas, editoriales grandes y pequeñas han apostado por el género: Páginas amarillas (1997), con introducción de Sabas Martín, Los cuentos que cuentan (1998), una edición de J.A. Masoliver Ródenas, Cien años de cuentos (1998), selección y prólogo de José María Merino, Lo que cuentan los cuentos, (México, 2001), Cuento al Sur (2001), de quien suscribe y, coeditado el segundo con Jesús Martínez Gómez, Pequeñas resistencias. Antología del nuevo cuento español (2002), selección de Andrés Neuman. No menos cierto es el hecho de la publicación de antologías y de los peligros que estas acarrean cuando aparecen en las mesas de novedades de las librerías. Como suele ocurrir, se suele afirmar que una antología es el capricho de quien selecciona y además de la forma más heterogénea que nadie puede imaginar; otra cosa es la selección que el propio autor hace de su obra. Rompamos una lanza en favor de quienes sacan pecho y se convierten en antólogos de las más raras selecciones que nadie pueda imaginar: mar, adulterio, eróticos, navideños, trenes, animales, bélicos, magia o aquellos que de alguna manera brindan la oportunidad a noveles que por primera vez se asoman al mundo editorial. Unas y otras tienen su espacio y su público en el enmarañado mundo editorial que pugna por ofrecer una variedad tan asfixiante como heterogénea y sobre todo competir con el marketing impuesto por razones conocidas. Nada más lejos en mi voluntad al escribir este preámbulo que sentar las bases de una polémica o mostrar una errónea visión del panorama cuento en este país al que le he dedicado no pocas horas de mi vida hasta el momento. Me resulta, eso debo admitirlo, muy gratificante, como estudioso y lector, cuando se publica una antología sea cual sea su intención y defenderé cualquier proyecto que contenga una selección extremadamente realizada bajo la estricta mirada y exclusiva de la calidad.
En estos días se presenta Ficción Sur. Antología de relatistas andaluces (2008), una selección de veintitrés cuentistas de todas las edades y generaciones, a cargo de Juan Jacinto Muñoz Rengel. Pero el editor centra su atención en autores andaluces o aquellos que, de alguna manera, están vinculados a Andalucía como es el caso de Pilar Mañas, Fernando Iwasaki, Ginés S. Cutillas, o Cristina Gálvez, el resto se reparte por nuestra geografía, desde Almería a Huelva, de Granada a Sevilla o de Jaén a Cádiz.
Muñoz Rengel subraya que los autores reunidos en su antología nada tienen en común, salvo su adscripción al género, la variedad de sus planteamientos o la singularidad de sus textos. En la mayoría de las antologías citadas se repiten, de una forma reiterada, los nombres de algunos de ellos: Benítez Reyes, Bonilla, Busutil, Hipólito G. Navarro, Palma, Pérez Domínguez, Ne uman y Olg oso; es pues, una excelente constatación del buen quehacer de estos autores y, sobre todo, su dedicación al género, algunos desde hace varías décadas. Autores que, de alguna manera, representan en, al menos dos generaciones distintas, lo mejor que se escribe en relato breve en la actualidad andaluza y buena parte del resto de comunidades o en el panorama nacional. Otros nombres se van incorporando a la nómina ya existente, como ocurre en la presente, Ficción Sur, casos de Miguel Ángel Mu ñoz, Jesús Tíscar, Ginés S. Cutillas, Miguel Ángel Zapata, Nacho Albert Bordallo, José Lobillo, Cristina Gálvez, Lara Moreno y Cristina García Morales, donde lo onírico, lo distorsionado, lo fantástico, lo plástico, lo experimental o cuentos con estructura más clásica, muestran sus verdaderas dimensiones. El libro suscitará la atención de aquellos enamorados del género, actualizará la nómina incompleta, incluidas sus limitaciones y, por supuesto, no dejará a nadie indiferente por su pretensión y calidad
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El hospital de la transfiguración, Stan islaw Lem

Trad. Joanna Bardzinska. Introducción de Fernando Marías. Impedimenta, Madrid, 2008. 336 pp. 21,95 €

Es curioso cómo se van tejiendo las relaciones entre unas cosas y otras. En el úl timo libro que reseñé para La Tormenta tenía una fuerte presencia el hospital psiquiátrico de Bedlam, en Londres; unos días después vi la excelente película I’m a cyborg, but that’s ok, de Park Chan-wook, que transcurre en una institución mental idealizada; por otra parte, por motivos profesionales, me encontré trabajando sobre un ensayo que trataba entre otros temas psiquiátricos, y entonces cayó en mis manos esta novela.
En tanto que lectores-espectadores, somos muy poco más que mapas de nexos, de vectores y telas de araña que relacionan unas cosas con otras. Rastreamos las relaciones entre figuras, sus semejanzas y diferencias, sus matices estéticos e ideológicos, y de alguna manera todas estas operaciones son facilitadas por el hecho de tratar un tema común, puesto que al presentar marcos comparables, favorecen el enfoque de los detalles, que en el caso de este libro, constituyen el verdadero meollo de la novela.
La institución mental como cronotopo narrativo participa necesariamente de lo fantástico, lo irreal, el subconsciente. No en vano ha sido abundantemente explotada por la ficción gótica desde el famoso relato El sistema del doctor Tarr y el profesor Fether de Edgar Allan Poe, pasando por Bram Stoker, los mundos lovecraftianos, y así llegar hasta el comic (Batman, From hell, Sandman), e incluso el musical (Sweeney Todd). Fuera del imaginario gótico tenemos el de la ciencia ficción, donde los ejemplos también son innumerables: baste con recordar la excelente película 12 monos. Las instituciones mentales, dice este libro, siempre han condensado el espíritu de los tiempos.
El hospital de la transfiguración no es ciencia ficción, pero contiene todos los elementos que hacen que los escritores se dediquen a este género y los lectores lo leamos: especulación sobre otras realidades, multiplicación de los puntos de vista, inconformismo con las apariencias, integración en el tejido literario de razonamientos pertinentes y verosímiles acerca del desarrollo científico, curiosidad hacia un amplio espectro de disciplinas, que se interrelacionan comunicando, por ejemplo, el pensamiento filosófico con el materialista técnico… a lo que hemos de añadir el humor negro.
Algunas de las cosas que podemos encontrar en este libro son cirugías cerebrales con pacientes semiconscientes, colecciones de fetos deformes, el infierno que son los demás, reflexiones líricas sobre la biología que recuerdan a Octavio Paz y a Bachelard, fantasiosas descripciones paisajísticas y climáticas que recuerdan a las de Brad bury, desorden, desconcierto, una frontera lábil entre la cordura y la insania, y jerarquías morales y emocionales trastocadas por completo.
Más arduo de leer que sus obras clásicas, este libro tiene la ventaja de permitirnos conocer un espectro más amplio y variado del pensamiento del autor acerca de los más diversos temas, en esa fase de la vida en la que se está aprendiendo todo:
«—No sabemos más sobre nuestro cuerpo que sobre la estrella más lejana —dijo el poeta en voz baja.
—Vamos conociendo las leyes que lo rigen…
—Y resulta que la mayoría de las tesis biológicas tienen sus antítesis. Las teorías científicas son un verdadero chicle psíquico.»
No tengo espacio de citarlas por entero, pero las reflexiones, a veces fábulas o aforismos acerca del arte y de la escritura que aparecen en las páginas 79, 109, 121, 124, 234, 236, merecen una lectura detenida. Reproduzco la más vinculada con el tema de la patología mental:
«Balzac, psicópata maniático; Baude laire, histérico; Chopin, neurasténico; Dante, esquizoide; Goethe, alcohólico; Hölderlin, esquizofrénico…»
«Yo considero que las grandes obras no nacen gracias a la demencia sino a pesar de ella.»
A pesar de la demencia del siglo XX, de las indescriptibles (en el sentido de Steiner) situaciones de las que fue lúcido testigo, el autor polaco consiguió sacar adelante una obra cargada de humor y de voluntad de construcción. Muy pocos mapas tan complejos, completos y cargados de sentido como Stanis ław Lem.

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El pescador de demonios, Steve Red wood

Trad. Frank Schleper. El Tercer Nombre, Madrid, 2008. 383 pp. 19 €

La editorial El Tercer Nombre, que comenzó su andadura en 2004 y ya lleva más de cincuenta títulos publicados, nos ofrece ahora con El pescador de demonios, de Steve Redwood, la traducción al español de Fisher of Devils, novela que en el año de su publicación en Gran Bretaña (2003), fue nominada al prestigioso British Fantasy Award, que por fin ganó China Mieville con Iron Council.
No conozco la novela de Mieville, pero me atrevo a decir que si ganó debió de ser por cuestión de gustos de los miembros del jurado, ya que El pescador de demonios es una magnífica novela, tan plena, tan variada y tan rica en registros y emociones que puedo recomendarla a todo tipo de lector aunque, por supuesto, cuanto más sentido del humor tenga ese lector y más interés por los mitos fundacionales de la religión cristiana, más disfrutará de su lectura.
La historia que narra Steve Redwood no es precisamente modesta: comienza con la Creación y termina un poco después del Apocalipsis, un Apocalipsis muy especial. Sus escenarios son el jardín del Eden, el Infierno, el Limbo y el Cielo, con un par de paradas en la Estación de Tránsito. Sus protagonistas son Dios, Satán, San Pedro, Adán, Eva, la serpiente y su mujer, la Virgen María, los principales arcángeles y los principales demonios, más un par de santos y varios personajes infernales.
Y, a pesar de que después de esta enumeración, uno puede pensar que la novela tiene que ser una especie de delirio sin pies ni cabeza, no lo es en absoluto. Es una obra coherente, intensa, divertida y tierna, muy tierna, en la que el lector se identifica con muchos de los personajes, que son profundamente humanos, incluso los ángeles y los demonios.
Hace muchos años, cuando se publicó La saga/fuga de J.B., de Gonzalo Torrente Ballester, creo que fue Carmen Martín Gaite la que dijo en su reseña que la novela era «un gran disparate, considerando el disparate como género literario». En ese sentido, también la novela de Redwood lo es, enfatizando tanto el «disparate» como el «grande». Por eso es imprescindible el sentido del humor para leerla y disfrutarla como se merece.
A lo largo de la obra vamos viendo cómo la creación de Dios —que es uno entre muchos de los Dioses Nebulosos y, como todos ellos, presenta sus creaciones en las convenciones divinas e incluso ha ganado un premio por sus diseños— se va estropeando, al principio por culpa de Adán, que resulta ser un pelmazo, siempre descontento, y luego por la intervención de cada vez más humanos en los asuntos celestes (todos los santos que van llegando al Cielo, después de su muerte en este mundo). Aunque tampoco hay que olvidar los problemas que surgen primero por la rebelión de Lucifer y luego por los turbios manejos del Arcángel San Miguel —un fundamentalista y reaccionario de armas tomar—.
El hilo conductor de la novela, después de la primera parte en el Edén, en la que se sientan las bases y se presentan muchos de los personajes principales, es la visita de San Pedro al Infierno con una misión secreta, destinada a impedir el inminente Apocalipsis. Aquí, en la segunda parte, Redwood nos lleva de viaje por el Infierno, que es un planeta yermo y abrasador, donde convive una población autóctona —los sagarrines— con los ángeles caídos y los condenados, y nos hace asistir a manejos y conjuras políticos que reconocemos de inmediato como alegoría de nuestro propio mundo, a trepidantes escenas de combates en los que San Jorge —el del dragón— brilla por su valor y su absoluta estupidez–, rocambolescas y divertidísimas intrigas, problemas cada vez más acuciantes que afectarán a la creación entera.
Pero donde más brilla Steve Redwood, junto con sus magníficas descripciones, es en la creación de personajes: su Satán es, en mi opinión, el mejor desde Milton, a quien debe no poco. Desde su primera aparición en el Edén, como ángel caído —un ser torturado, ennegrecido, con las alas rotas, que conoce a Eva por casualidad y se enamora perdidamente—, lo vemos como Señor del Infierno —fanfarrón, intrigante, con toques de tirano de cualquier república bananera— y, poco a poco, como amigo leal, como ser destrozado por la nostalgia de lo perdido, como enamorado casi sin esperanza, dispuesto a recuperar lo que una vez fue suyo.
Pero si Satán es un personaje redondo y pleno, Eva es un lujo para cualquier lectora. Raras veces se encuentran descripciones de una mujer tan hermosas y entregadas como las que hace Redwood de la madre de la humanidad.
Cuando asistimos al nacimiento de Eva, leemos:
«Dios había destilado de la bruta fuerza física de los músculos de Adán el conmovedor poder de la belleza: la delicada curva de la nuca, los esbeltos brazos con apenas una sombra de pelo y una corriente sumergida de tímidas venas recorriéndolos, el elegante movimiento de cintura y cadera, los rizados arpegios del vello del vientre, las frescas y lánguidas cadencias de muslo y pierna. Una nueva clase de belleza. Una nueva clase de armonía. Una nueva clase de poder».
Y, al contemplar a la nueva criatura, el arcángel San Rafael dice:
«es como si Dios mismo se hubiera quedado atrapado dentro de ella, o al menos una parte de él, y ahora estuviera llorando por no conseguir escapar.»
Pero Eva no sólo es bella. Mi fragmento favorito, el que da la medida del concepto que nos presenta Redwood de la diferencia entre el hombre y la mujer, es el siguiente:
«Y luego quedaban sólo unos ojos perplejos, pero tranquilos, de un ser vivo que ve la vida por primera vez.
—Hola —dijo Eva—. ¿Quién eres?
Y Dios tuvo que sonreir porque Adán había preguntado —igual que Lucifer mucho tiempo antes—: ¿Quién soy?»
La traducción, de Frank Schleper, es buena, aunque no siempre acaba de alcanzar ni la gracia del original en los pasajes divertidos —cosa que es notoriamente difícil, si no imposible, cuando se trata de sutiles juegos de palabras o pequeñas variaciones de frases hechas— ni la musicalidad y la magia de los líricos, pero se nota la atención y el cariño que ha puesto en su trabajo, y el resultado se lee con agrado y fuidez.
Lo que sí debería plantearse urgentemente la editorial es la contratación de un buen profesional en corrección de estilo porque, desgraciadamente, hay bastantes erratas e incluso a veces pequeños fallos que nos resultan desconcertantes, como cuando en la página 349 leemos que había «dos demonios, dos santos, y dos demonios», lo que deja claro que el corrector no ha acabado de enterarse de que se trata de dos especies diferentes (“devils” y “demons” en original), y no parece fallo del traductor, que en otras ocasiones ha demostrado dominar perfectamente las diferencias.
No queda más que agradecer a la editorial la perspicacia de haber hecho accesible al público español esta novela, y al autor el haber escrito una obra original, atrevida, iconoclasta, que nos hace a un tiempo reflexionar y reir, que nos deja con un excelente sabor de boca y con muchas ganas de seguir leyendo novelas suyas. ¿Para cuándo otra, Steve?

Hilos, Chan tal Maillard

Tusquets, Barcelona, 2007. 194 pp. 12 €.

 

Este es un libro de pérdida, más bien, un cuaderno de pérdida (escribo cuaderno por su carga de intimidad, su nula voluntad de estilo, que negándola la vuelve más evidente: quiero decir algo así como si los poemas hubieran sido escritos sin intención de ser mostrados, aunque todos seamos conscientes de la falacia), y como tal muestra su luto. No vamos a engañar a nadie. No es fácil: un tono seco, un tema duro. Por si fuera poco, desconocemos la pérdida (aunque nos haya llegado la noticia del hecho puntual por la prensa, por ejemplo), pero el asunto no es relevante para la experiencia poética. Este es su meollo: la dificultad de saberse en el mundo, identificarse o disolverse, la lucha entre la especulación de la ideas de Occidente frente a la aceptación de los hechos de Oriente. Suena a cosa filosófica, o simplemente filosa. Puede cortar. Adentro.
Lo que percibimos con nitidez desde los primeros versos es el dolor, la angustia de no poder salir del aislamiento (“Uno”, “Un punto”, “El pánico”, “Sin…”). Detectamos la zona cero de la catástrofe, por decirlo en términos occidentales. La tristeza, uno de los grandes pecados de Occidente —según la autora—, es el caldo de cultivo del diario de poemas. Son textos breves, despojados, tan secos que el lector sufre su aridez, como si estuviera encerrado y sólo pudiera lanzar hilos de silencio hacia el exterior, para engañarse:

Partir es dar pasos
fuera de la habitación
con el hilo. El mismo hilo.
La palabra silencio dentro.
Dentro de uno — ¿uno?

Cuesta la lectura, porque ha costado la escritura. (No recuerdo un texto con que haya sufrido tanto su crítica/comentario/hilo de pensamiento… La sensación de nudo en el estómago me ha acompañado en la lectura, en los silencios de la lectura, en la vuelta a la lectura, en el aparcamiento de la lectura, en el libro cerrado encima de la mesa, esperando.) Son poemas en balbuceo:

SIN
Llegar a otro. Sin
otro. Sin llegar a.
No apretar los dientes.
Soltar la presa. Sin.
Pero necesitamos avanzar, para desaprendernos, para sobrevivir:
Un movimiento, una vez más, tal vez
sirva. Para que haya historia y
me la crea. Lo justo
para poder caer más adelante.

La música del poema está seca, encabalga la escritora sus versos abruptamente, hiere los oídos más sensiblemente occidentales. Pero hay música: no sé si suena a melodía oriental, de esa que encabrita mis sentidos, con abundancia de platillos y chinchines, o a modulaciones de emisora de radio mal sintonizada, o a música de meditación budista.
Hasta que viene un atisbo de salvación en “Aquí”: «Dime lo que he de hacer. Llévame a/ donde me digan lo que he de/ hacer. Sus ojos. Tus/ ojos —¿tus?— sí,/ cálidos ojos-lago, ojos-aquí.» Hay alguien ahí. O aquí.
La autora me habla: «No, lector, no deslices/ tan rápido tus ojos por la página,/ nada te obliga a terminar/ de leer este texto.» ¡Ahora se acuerda de mí, a más de medio libro! ¡Si he estado aquí desde el primer verso! Me habías perdido, el asunto es difícilmente recuperable. «Repite, entonces, conmigo Infinito./ Di Infinito. Repítelo. No dejes/ de decirlo, hasta que pierda/ sentido la palabra infinito y/ te encuentres en el vértigo,/ desprovisto de pértiga.// Entonces di Infinito. Pronúncialo./ Pronúncialo de nuevo,/ despacio, con voluntad de sentido./ Como al principio del mundo o/ del poema./ Para volver. En superficie/ por un tiempo./ Para hacer el tiempo/ brevemente.»
Acabáramos. Ahora viene con la metapoesía, la creación de un mundo paralelo. Y esas formas primorosas del decir despojado: la poesía del silencio. Bien.
Copio demasiados textos. Esta no es una crítica. Es un poema largo, copiado, en paralelo. Me dejo llevar por el tono, falsamente impostado. Creemos otra vez el mundo. Y a descansar, como al séptimo día.
Pero vuelvo al texto, días después. No me ha dejado conforme la lectura. Concluye con la coda de “Cual”. Aunque la autora diga que es pronombre interrogativo, no lleva tilde. Pero me interesa su indefinición de pronombre, de carta comodín de la baraja del mundo y su representación de las palabras, falsa, acomodaticia: «Cual extrañado de», «Cual a pasitos», «Cual asomado a otro»… Es un álbum de fotografías. Fragmentarias, dolorosas. Cumplen su función catártica. Sabemos quién es cual y cual puede ser cualquiera. Estamos en el mundo. Para sobrevivir en superficie, para desaprendernos necesitamos poco más que la luz, el aire, el pájaro. Necesitamos no necesitar, no desear, no vincularnos a cualquier forma de esperanza:

Y, entretanto, dejadme contemplar
el vuelo de la ropa
tendida en las ventanas.

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¡Alu cina con la química!, Robert Winston

SM, Madrid, 2007. 93 pp. 16,70 €

 
¿Quién no se acuerda de lo insípidas, aburridas y áridas que eran las clases de Química en el instituto? ¿Sería por la materia, o sería porque los profesores de turno se empeñaban en que los alumnos la odiásemos? (aunque no en todos los casos lo consiguieron: algunos perseveramos y nos convertimos en bioquímicos). En cualquier caso, pretender hacer de la Química algo que sea ameno y, por qué no, divertido, no es tarea nada fácil. Reconozco que esos prejuicios estaban ahí cuando este título llegó a mis manos: pensé que sería el típico libro que se anuncia de Química, pero que al final no lo es. O no del todo. Y mi sorpresa fue mayúscula al comprobar que los responsables de este atípico manual han conseguido hacer amena una historia de la Química que abarca, siguiendo una línea temporal, desde la prehistoria hasta la tabla periódica. Y que la han aliñado con apariciones estelares, como Empédocles, o Demócrito, o que se han valido de personajes más que reconocibles para los más pequeños, como el archifamoso Harry Potter, para ofrecer una aproximación al arte de los alquimistas o al nacimiento de la moderna ciencia Química. En estas páginas asistimos al descubrimiento de los gases, al estudio de los átomos, al de los elementos radioactivos o al momento de inspiración en que Mary Shelley tomó los experimentos de los químicos y de los antiguos alquimistas para crear su Frankenstein, o el moderno Prometeo. Así, el manual nos lleva hasta la organización de los distintos elementos que se encuentran en la naturaleza (aunque en este primer contacto se verá sólo de pasada), y que constituye su eje central. Hasta llegar a la inefable tabla periódica, auténtica protagonista de la obra. Y todo ello, acompañado por fotografías, dibujos y cuadros explicativos que lo hacen todo más fácil de comprender.
La segunda parte de ¡Alucina con la Química! está dedicada íntegramente a la tabla periódica, describiendo uno por uno los principales elementos o juntando por familias los menos conocidos. Así, desfilarán por sus páginas el oxígeno, el nitrógeno, la plata, el oro como si fueran personajes de una novela. Proporcionando —además de la típica información que aparece en cualquier tabla, como la masa atómica o el punto de fusión— un poco de su historia, cómo se descubrió, dónde se encuentra en la naturaleza, etcétera. Algunas curiosidades para no iniciados: el silicio es uno de los elementos que más consumimos, pues abunda en los aparatos electrónicos; el polonio debe su nombre a su descubridora, Marie Curie, quien se lo puso en honor de su Polonia natal; también los Curie tienen su elemento, por cierto: el curio, como lo tienen Einstein (el einstenio), Alfred Nobel (el nobelio), Mendeleiev (el mendelevio) o Ernst Rutherford (el extravagante rutherfordio). Tampoco faltan las agrupaciones algo atípicas de elementos: por colores, por ejemplo —se nos muestra cuáles están presentes en las acuarelas, o con qué otros pintaron nuestros antepasados las paredes de las cavernas—, o según tengan propiedades explosivas. O los de luz (una manera muy acertada de nombrar a los elementos que irradian claridad). O los que se usan en ingeniería para el diseño… Siempre pisando de pies en el suelo, hablando de nuestro mundo, de lo más inmediato, sin ponerse nunca excesivamente técnico. Finalmente, el libro se complementa con un glosario en el que se nos explica el origen de los nombres de los elementos químicos: ¿sabían que el nombre del hidrógeno viene de las palabras griegas “hydro” y “genes”, que significa “que forma agua”? ¿O que el del mercurio viene del latín “hydrargyrum”, que significa “plata líquida”?
En definitiva, Robert Winston, autor de este serio aunque en apariencia disparatado manual para jóvenes químicos logra darle una vuelta de calcetín a una materia con mala fama. Seguro que después de su lectura, los más pequeños ven la Química con otros ojos. Pero no sólo eso, hará que cuando miren una bombilla o una psp sientan que conocen sus secretos mucho mejor que antes. Y es que la Química puede ser muy divertida. ¿Alguien lo duda todavía?

Dónde Des démona, Susana Sánchez

Asociación de Autores de Teatro, Madrid, 2007. 76 pp. 6 €

 
Abrir la primera página de un texto dramático, o, mejor dicho, de un texto que no sólo se presente como dramático sino que tenga una verdadera virtualidad escénica, exige al lector una disposición diferente: debe rellenar con su imaginación los huecos que los buenos dramaturgos siempre ceden al actor; debe reunir y armonizar las melodías desatadas en la linealidad inevitable del texto; debe aportar, con la lectura, los mil y un tempos con el que los actores saben arrastrar al espectador. Un buen texto dramático siempre deja puertas abiertas para que director y actores entren y lo habiten, y si el lector no las ve es entonces cuando se dará de bruces con los obstáculos clásicos que han apartado a tantos de la lectura de literatura dramática.
Si digo todo esto no es por desanimar a los queridos lectores de este blog de la lectura de Dónde Desdémona o de cualquier otra obra teatral. Todo lo contrario. Pretendo invitarles a ser los directores de una puesta en escena perfecta. A poblar tablas imaginarias con la encarnación ideal de unos personajes que se dirigen a nosotros sin intermediarios. Porque leer teatro es tan gozosamente difícil como inadvertidamente creativo.
Dónde Desdémona exige del lector una lectura frenética y taquicárdica de cada una de sus líneas, porque apenas se apura una, la siguiente ya reclama ser leída. Especialmente las que corresponden a la intervención de Gilles el sonriente, poliédrico protagonista, a la vez bufón, supervillano y galán estremecedoramente irresistible, uno de los hallazgos más sorprendentes de este texto, que —todavía no lo hemos dicho— radiografía la figura del maltratador machista con un sesgo tan alambicado como certero. Además, Dónde Desdémona exige al lector que le dé voz, probablemente estridente y grimosa, a un coro de pulgas que apostilla la acción y las palabras de Gilles, y que reúne en sí, casi siempre, los ecos del pensamiento blando en el que gusta acomodarse la burguesía bienpensante. Hay en el imaginario de la obra de Susana Sánchez una tendencia habitual a la animalización y al trazo esperpéntico. Ya desde Clan de bichos, texto que dio nombre a la compañía que ella misma ha fundado junto a Ismael Moreno, perfila sus personajes con dosis altas de humor corrosivo. El desenfado, la ¿sana? violencia y el empuje arrollador de un río de líneas escritas con ácido sulfúrico, nos permiten asegurar que Dónde Desdémona es uno de los textos más explosivos jamás escritos por alguien que pretenda abordar la problemática de la violencia de género. Perdón, «violencia de sexo», como me corrige el Pulgón Don Meticón, azote de puritanos.
Muchos son los dramaturgos de hoy que se han atrevido a lo mismo, y merecen ser recordados cuando parten de un impulso ético y poético apartado de verdad de las garras del oportunismo. Me vienen a la cabeza la apasionante Mi vida gira alrededor de quinientos metros de Inmaculada Alvear o la sugerente Achicorias, de Carlos Be.
Y ahora Susana. Notará el lector la referencia a Otelo que se instiga en el título. Quizá Shakespeare (e incluso Calderón) también atacaron este tema sin saberlo. Pero es ahora cuando se hace más necesario. Ahora y no entonces, porque en aquella época no había un Telediario que convirtiera en rutina la tragedia

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Fiebre de guerra, J.G. Ball ard

Trad. Javier Fernández y David Cruz. Berenice, Córdoba, 2008. 218 pp. 20 €

La razón por la que creo que Ballard es uno de los más importantes escritores vivos no es su calidad literaria, que es indudable pero no única. Es por la pertinencia de su obra. Su capacidad, obvia tan pronto se pasa una docena de las páginas de uno de sus libros, de reflejar el signo de nuestros tiempos como nadie más lo ha conseguido.
El hecho de que lo haya logrado en un principio a través de la literatura que mal conocemos como “ciencia ficción” no es sino un excelente testimonio de la versatilidad de las herramientas que puede manejar este género, y que ahora con tanta frecuencia él mismo desdeña. Si hoy Cormac Mc Carthy, Kazuo Ishiguro o Michael Chabon recurren a su corpus temático no es por motivos caprichosos. Al extrapolar a partir de nuestra realidad de manera verosímil, la ciencia ficción se convierte en la versión contemporánea de la parábola, reforzada por la seriedad de la prospectiva. Y en un tiempo en que los problemas reales se conocen pero mejor se sepultan bajo toneladas de información banal, ese tipo de disección subrayada por el talento de la literatura se convierte en más necesaria que nunca. Aunque sea, por desgracia, tan poco relevante.
Casi desde el arranque de su carrera, Ballard se interesó por historias de un futuro próximo, cada vez más ligadas a nuestro presente; la práctica totalidad de las incluidas en esta antología tienen como escenario nuestro mundo, o como mucho en el de pasado mañana. Entroncan con la línea de novelas que arrancan con la extraordinaria Furia feroz, publicada de manera directa en bolsillo hace un par de años por Planeta, y continúan de forma algo irregular con su obra de los noventa, de la que puede destacarase Milenio negro. Se trata de historias, en resumen, que detectan síntomas del fin de la civilización que conocemos —que no de la raza humana— a partir de hechos triviales, pero significativos. Pinceladas del desastre; síntomas del vacío que muchos sentimos en los momentos en que podemos pararnos a pensar a qué conducirá cuanto nos rodea. Quienes vieran en su momento la adaptación cinematográfica de El club de la lucha pueden hacerse una idea del tipo de preocupaciones de Ballard, maestro incuestionado de la generación de escritores a la que pertenece Chuck Pala hniuk, mejor que ellos pero menos conocido en España por el peso que en nuestro entorno tiene el etiquetado de “escritor de género”.
En “Fiebre de guerra”, que da título al volumen, Beirut se ha convertido en un parque temático de quienes necesitan la guerra como medio de vida. En “El desastre aéreo”, un fotógrafo busca a los fallecidos de una catástrofe de aviación y recibe una lección sobre en qué se ha convertido el periodismo. En “El espacio enorme”, el protagonista renuncia a la vida y se sumerge en el espacio interior para llegar a donde no se atrevió el protagonista de la austeriana El palacio de la luna. En “Memorias de la era espacial”, “El objeto del ataque” y “El hombre que caminó sobre la luna”, Ballard desarrolla su peculiar obsesión por transformar al astronauta en heroico paradigma de la soledad y el vacío contemporáneos.
El otro aspecto que destaca en este volumen es el de la experimentación en los formatos. Hay un cuento compuesto por respuestas a un cuestionario que no se incluye. Otro es un índice alfabético. Uno más está compuesto por una serie de informes. Ballard ha trabajado de forma casual con ese tipo de novedades desde hace cuarenta años, que no son caprichos o rarezas, sino puertas abiertas a formas de narrar útiles para historias puntuales.
En suma, un libro malsano, provocador, con cuentos a los que se debe hacer el favor de una lectura discontinua que permita pensar un poquito sobre lo que nos sugieren. Otra obra de un maestro, en suma; esperemos, deseemos, que Minotauro cumpla su anuncio largamente pospuesto —una década ya— de recopilar sus relatos completos como está haciendo con Phil ip K. Dick. Y si no, ya que Berenice ha tomado con buen pulso el relevo, que recupere otras de sus obras descatalogadas para que nuevos lectores se entreguen a la dolorosa tarea de mirarse reflejados en el espejo profético del niño de El imperio del sol

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El aliento del cielo, Carson Mc Cullers

Trad. José Luis López Muñoz y María Campuzano. Seix Barral, Barcelona, 2007. 540 pp. 28 €

Este voluminoso libro recoge todos los cuentos de la escritora norteamericana Carson McCullers (algunos de ellos publicados por vez primera en español) y tres novelas cortas; es decir, casi sus obras completas, a excepción de El corazón es un cazador solitario, probablemente la novela más conocida de esta autora. Supone por lo tanto una ocasión única de acercarse y conocer a fondo la obra de esta escritora ineludible, y es además, he de decirlo, uno de los mejores libros que ha caído en mis manos en mucho tiempo.
Carson McCullers (Georgia, 1917 – Nueva York, 1947) está considerada una de las principales representantes de la narrativa del Sur estadounidense, a la altura de autores como William Faulkner, Ten nessee Williams, Tru man Capote o Flannery O’Connor (amigos o enemigos suyos todos, según las circunstancias). Y es desde luego ese mundo sureño, con sus calles cubiertas de polvo, su calor que todo lo anestesia y sus anquilosantes costumbres sociales y raciales, el desolado escenario que mejor retrata la mirada inmisericorde de McCullers, y en el que destapa unas existencias atrapadas (atrapadas en el alcohol, en la enfermedad y las taras físicas, en un cuartel del ejército, en una infancia renuente, en unas expectativas imposibles de cumplir, entre un pasado y un futuro que se niega a abrirse y unos pequeños pueblos olvidados, aislados del mundo en un tiempo detenido en una mecedora) donde conviven la lúcida introspección en el alma humana con la crítica social —que le acarreó más de un problema.
Muchos son efectivamente los protagonistas que intentan escapar hacia el norte en estas distintas historias, y que sin embargo se ven abocados al regreso y la permanencia (desde el cuento “Los extranjeros” a la última novela corta “Frankie y la boda”). Otra constante que se repite en estos textos son las historias de iniciación críticas, una particular y acertadísima visión desasosegante de la infancia y la adolescencia que se enfrenta desconcertada a un mundo que se rige por reglas diferentes: así lo vemos en los relatos “Sucker”, “El aliento del cielo”, “El orfanato”, “Así”, “Wunderkind”, “Correspondencia”, “Un árbol. Una roca. Una nube”, o nuevamente, “Frankie y la boda”, imprimiendo a los acontecimientos más cotidianos un original y penetrante enfoque, que nos obliga a veces, a través de una emoción contenida, a la toma de consciencia de una realidad que se ve súbitamente desprovista de su belleza:
«Odiaba el desayuno; luego se quedaba como marcada. Prefería esperar y comprarse cuatro barras de chocolate con sus veinte centavos del almuerzo y comérselas durante la clase, sacándolas a pedacitos del bolsillo, debajo del pañuelo, y parándose en seco cada vez que el papel de plata hacía ruido. Pero aquella mañana su padre le había puesto un huevo frito en el plato, y sabía que, si se rompía y el amarillo viscoso se escurría sobre el blanco, lloraría. Y había pasado justamente eso».
Junto a esas infancias perplejas, McCullers despliega toda una galería de otros personajes igualmente en los márgenes: jorobados, enanos, retrasados mentales, alcohólicos, ex presidiarios, homosexuales que se nos presentan en su más profunda humanidad y que destilan a su vez algunos aspectos del alma torturada de la propia autora —y acaso de todos nosotros. La existencia de los protagonistas se ve a menudo turbada por un sutil y anodino acontecimiento que viene del exterior y que es sin embargo capaz de trastocar sus vidas (la visión de alguien al otro lado de la ventana, la noticia de la boda de un pariente, una lección de violín); la capacidad de crear atmósferas (en esos relatos en los que a veces no sucede nada, y sólo se retrata una tarde de verano) y de mantener la tensión irresuelta en historias en las que se nos ha anticipado desde el comienzo el trágico final (las fantásticas novelas Reflejos en un ojo dorado, llevada al cine por John Houston, o La balada del café triste), sumado a unos finales, unas últimas líneas que nos dejan muchas veces sin aliento por su belleza estilística (o que nos hacen partícipes de ese aliento del cielo con su sentido musical, herencia de sus estudios musicales), dan cuenta por su parte del magistral talento narrativo de esta autora, que se ha convertido —y debería serlo todavía más— en un clásico del siglo XX. La introducción y comentarios que Rodrigo Fresán añade a cada texto, contextualizando las circunstancias de su escritura y ayudándonos a conocer mejor el proceso creativo de Carson McCullers (las afinidades, las obsesiones, los motivos recurrentes, los relatos que le sirven de ensayo para escribir más tarde ese famoso El corazón es un cazador solitario), aporta un valor añadido a este libro imprescindible.

Histo ria del llanto, Alan Pauls

Anagrama, Barcelona, 2007. 125 pp. 14 €

Buena parte de la mejor literatura actual en castellano, e incluso de la literatura actual a secas, se escribe en Argentina, y Alan Pauls es, junto con Ricardo Piglia, César Air a, Fogwill, Rodrigo Fresán, Damián Taba rovsky o Martín Kohan, uno de los autores que ha llevado a este país al primer plano de la narrativa contemporánea. Conocido en España a raíz de su magnífica y monumental novela El pasado (XXI Premio Herralde), que motivó la recuperación de Wasabi y del ensayo El factor Borges, Pauls es autor de una decena de libros que sus lectores de este lado del charco codiciamos. Ojalá Anagrama, donde se han publicado los títulos mencionados, o alguna otra editorial, se anime a seguir rescatando su siempre sustanciosa obra.
Libro tras libro, Alan Pauls demuestra que lo decisivo en la escritura se juega (entre otros —no demasiados— lugares) en lo que se desenmascara, en las bombas que hacen estallar los lugares comunes. Con esta Historia del llanto que hoy reseñamos, el autor pela la cebolla hasta llegar al jugoso núcleo mediante lo que suele ser habitual en él, a saber: una tercera persona apoyada en la voz de un personaje, protagonista absoluto del libro, que escarba en sí mismo como si estuviera monologando, lo que da lugar a una narración torrencial.
Los temas aquí son el dolor y la felicidad, concebidos generalmente como contrarios y que, según afirma el protagonista cuyo nombre no sabremos, en realidad tienen una relación caníbal y unidireccional, pues la felicidad crece sobre el sufrimiento. Por suerte, él está dotado para el sufrimiento, o para descreer de la dicha y demostrarles a los que se recrean en ella que no son autosuficientes, que es mentira que no necesiten nada. El dolor, razona el innominado, está siempre más cerca del otro por ser un estado de necesidad, y esa cercanía ocupa el lugar más alto en la escala moral. Desde un punto de vista ontológico, el dolor también es más importante, ya que es anterior al estado feliz, que se alimenta de él como si fuera un parásito. El protagonista, siempre dispuesto a entender a los que lloran y a penar con ellos, se cree mejor que los demás.
La conclusión resulta demasiado fácil; sin embargo, él es un niño, y su padre le alienta esta creencia en su don. Sólo cuando llega a la adolescencia, y de la mano de quien comercia con el dolor colectivo, un cantautor político, exiliado y vuelto a la patria tras el fin del horror para vivir eternamente de la nostalgia de la lucha (no tiene desperdicio la caricatura del buenrollismo del cantautor y de ese ambiente de “arma cargada de futuro”), se da cuenta de hasta qué punto él ha rentabilizado su llanto para ser apreciado por su padre, y de cómo éste le ha chantajeado al alabarle para aplacar su mala conciencia por no hacerse cargo de él (su padre lo abandonó cuando tenía cuatro años). El buenrollismo de su padre es el mismo que el del cantautor: ambos sirven a unos fines perversos. Esta súbita toma de conciencia de sí mismo, de la máscara que los demás le han puesto para tenerlo a su servicio, es el primer acto político de su vida; la primera acción desde la que poder seguir actuando legítimamente para cambiar un estado de cosas injusto.
No obstante la momentánea determinación, el protagonista piensa que para él es demasiado tarde, ya que la estética del sufrimiento, la ideología del cantautor, lo ha atrapado en sus redes por su fuerza de seducción: he aquí la supremacía de lo verosímil, del entramado, de la costumbre o de lo que nos han enseñado a creer porque la realidad respira al compás, sobre la pobre verdad. Seducir es detentar el poder, y él no está dispuesto a renunciar al suyo. Por lo mismo, y a pesar de sus supuestas filiaciones comunistas, cuando ve en la televisión la caída de Salvador Allende y la quema del Palacio de La Moneda, no siente absolutamente nada: lo que lo ha mantenido al lado de los movimientos revolucionarios es la épica, y no la justicia. Darse cuenta de que no sabe lo que hay que saber; de que por sí mismo elige y siempre elegirá la máscara, lo sume en una sensación de derrota. Y ser consciente del mecanismo que le lleva a preferir la ignorancia no es ningún consuelo
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La puerta oscura. El viajero, David Lozano Gar bala

SM, Madrid, 2008. 653 pp. 19,95 €

La puerta oscura es la última novedad editorial en el panorama de la literatura juvenil. Si Stephanie Meyer comenzó con Eclipse este viaje al mundo del averno y del más allá, David Lozano prosigue en nuestro país esta siniestra tendencia con El viajero, el primer título de la trilogía La puerta oscura. Su protagonista, Pascal, comienza un viaje iniciático al mundo de los muertos debido a una casualidad. En su trayecto este chico de dieciséis años y bastante tímido tendrá que enfrentarse no solo a peligros desconocidos, sino a sus propios miedos, sentimientos e inseguridades.
El autor zaragozano David Lozano logra mantener al lector con una tensión y un interés inimaginables, gracias a esa destreza narrativa heredada de la técnica cinematográfica que ya había ensayado con éxito en Donde surgen las som bras, Premio Gran Angular 2006. La acción, la aventura y los peligros persiguen inevitablemente a Pascal. La habilidad del autor hace subir en los momentos clave la tensión hasta los máximos límites que puede soportar el corazón del lector.
La gran aventura de Pascal nace de una casualidad: La noche de Halloween un grupo de estudiantes organiza una fiesta siniestra a la que deben acudir disfrazados y dos amigos, Pascal y Dominique, asisten a la fiesta para complacer a una amiga, Michelle por la que ambos sienten algo “especial”. Pascal, sin querer, cruzará en el desván de la casa donde se celebra la fiesta la puerta que comunica nuestro mundo con el de los muertos y se convertirá en El Viajero. A esta casualidad se suma otra de consecuencias imprevisibles: un espíritu maligno a su vez atraviesa la puerta oscura lo que le permitirá campar a sus anchas por París, sembrando en la ciudad muerte y terror. A lo largo de este viaje Pascal se debate entre los dos mundos, el real en el que asiste a clase y vive con sus padres y compañeros, y el de la muerte que puede visitar gracias a su condición de Viajero. El protagonista se verá arrastrado por paisajes oscuros, momentos históricos irrepetibles y sentirá la amenaza de criaturas inconcebibles como los espectros, los carroñeros, las sirenas o los espíritus errantes.
David Lozano logra combinar con destreza la intriga policíaca del mundo de los vivos en el que una intrépida policía, Marguerite, y un forense, Marcel Laville, intentan investigar los sorprendentes asesinatos que asolan París desde la noche de Halloween, con la epopeya del protagonista Pascal para rescatar a su amada Michelle al mundo de la muerte. Crea además un grupo extraño de personajes que se ayudan ante lo desconocido y son el apoyo de este héroe inseguro: Dominique un paralítico que solo piensa en chicas, Michelle una bella joven gótica, Daphne una vieja vidente entrometida, Jules un joven gótico y miedoso… El primer amor adolescente, la amistad juvenil, el compañerismo a ciegas, el suspense ante lo desconocido o la creencia en el más allá son elementos claves de la intriga.
Una de las grandes bazas de la obra es su descripción de los cementerios de París como Pére Lachaise o Montmartre con los extraños personajes que pululan entre sus tumbas y los espíritus errantes que vagan por la Tierra de la Espera. Ambos se convierten en los espacios y los momentos de comunicación entre los dos mundos. David Lozano logra crear un universo único de espacios y personajes.
En suma brillante, emocionante y prometedor en el panorama de la literatura juvenil. Y lo mejor el sorprendente final que abre la puerta al suspense del siguiente libro de la trilogía. Acción y suspense garantizados para los lectores.

Ino pia, Juan Manuel Gil

El Gaviero, Almería, 2008. 130 pp. 14€

No es fácil advertirlo, pero a veces uno debería clasificar sus lecturas narrativas en dos grupos. En el primero incluiríamos las novelas centrípetas, o lo que es lo mismo: aquéllas que por su estructura, su temática o sus intenciones, tiran del lector hasta llevarlo al origen, al principio de todo (por nombrar clásicos, Crónica de una muerte anunciada, El corazón de las tinieblas o la tradicional novela de corte policíaco). En el segundo, sin embargo, reposan las novelas de fuerza centrífuga, o lo que es parecido: aquéllas que más que andar, buscar o perseguir, desaprenden, se autoexpulsan o escupen sobre su propio germen.
Inopia o la última novela del poeta almeriense Juan Manuel Gil, publicada por El Gaviero Ediciones en su colección más anfibia (Troquel) y con prólogo de Enrique Vila-Matas, responde (sin duda o con ella) a las novelas de fuerza centrífuga. Si tuviéramos que comparar, sería obvio entroncarla con todas las ficciones que se erigieron como herederas de Rayuela o Cortázar. Sin negar esta influencia como posible, sin embargo Inopia no es puzzle donde el lector encaje capítulos desordenados con el fin de llegar al sentido completo de la obra. Inopia es una desesperante puesta a punto, una cuenta atrás de cien minutos (o cien capítulos) tras la que el lector y los personajes del libro escaparán de tanta escasez, tanta pobreza y tanta indigencia.
Dichos estados, más espirituales que físicos, están estructurados en tres partes que bien podrían responder a tres preguntas vitales: Extinción (¿Qué pasa cuando uno ya no pinta nada?), Inopia (¿Qué pasa cuando uno se da cuenta de ello?) y Euforia (¿Qué siente uno cuando por fin puede escapar?). A la manera clásica, la parte central se ve arropada por las otros dos, que hacen las veces de prólogo y epílogo. Es en la segunda parte (la misma que da nombre a la novela y la misma donde autor, personajes y lector tomamos conciencia del estado en el que estamos) donde se cruzan todas las historias: un escrupuloso bibliotecario frustrado o un bibliotecario frustrado y escrupuloso vive con mamá y, por no saber valorar la literatura en su justa medida, acabará fracasando en su propia experiencia, en sus propias relaciones amorosas; un escribidor egoísta y con ínfulas de escritor intenta paliar su mediocridad en un viaje a Roma y su pareja, una mujer - diez venida a menos por estar pegada a él durante mucho tiempo, está empezando a darse cuenta de ello; los insípidos inspectores Naldini y Carano investigan el triste final del carismático ciclista Marco Pantani; juegos de amantes, de parejas, de razas, de últimas oportunidades; un asesinato.
Y sobre todo, y por encima de todas las opciones, siempre presente la huida, de la que no puede quedar rastro. Al fin y al cabo hay que estar preparado para no dejar huella alguna de la escasez que nosotros mismos nos propiciamos. Y tras la huida (sin duda o con ella) la novela y la región que nos propone Juan Manuel Gil para leer o vivir es el extrarradio, «el final de la periferia, la frontera con la zona inopia […] marcada a fuego por la imposibilidad de comunicarse mediante cualquier medio tecnológico de tercera o cuarta generación.» Zona con la que coquetean todos los escritores, todos los personajes de este libro y zona con la que coquetean, aunque sea de vez en cuando, todos los lectores.
Cuando uno siente que la sociedad le contamina y a la vez él supone una infección para la sociedad, debe marcharse al lugar más árido posible. No por nada, pero sí para que se produzca la simbiosis entre vacío espiritual y físico. El lugar más árido y propicio para esta empresa es la periferia de la periferia.
Si uno, por el contrario, decide permanecer en el sitio, tiene que ensuciarse, porque las relaciones y la buena literatura también tienen que oler a mierda y no a máquina de pulir los suelos. Parafraseo (permitiéndome la libertad en la cita) lo dicho por Lidia, la pareja ocasional del escrupuloso bibliotecario frustrado. Ella, como Lola, como P., como la inspectora Carano o como el mismísimo Marco Pantani deciden: o practicas la inopia en el centro o te vas a vivir a la inopia.
«Las posibilidades de salir indemne de una lectura, por suerte, son escasas».

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Poe sías, Safo

Trad. Juan Manuel Macías. Estudio de Manuel Sanz Morales. DVD, Barcelona, 2007. 160 pp. 9,50 €

Juan Manuel Macías ha escrito un magnífico poema en español. Su material: los textos que la tradición ha legado de la poesía sáfica y un sano descreimiento hacia los excesos de la filología, como anuncia en un anti-prólogo —bajo el nombre de excusas— que bien hubiera podido firmar el Macedonio Fernández del Museo de la novela de la eterna dada la ironía y el descreimiento que lo sustenta: «el filólogo es una corrupción morbosa del bibliotecario, y también es una de las muchas pruebas de que no vivimos en el mejor de los mundos».
Al margen de la exégesis surge un texto, en consecuencia, limpio. Poesía frente a filología, pero poesía que sabe recoger los mejores frutos del arte de la palabra. Al texto le acompaña una detallada descripción de Manuel Sanz Morales sobre la recepción de Safo en la literatura española, una recepción que llega hasta el siglo XX y que desmiente que nos encontremos ante pura arqueología: «se llega al moderado convencimiento de que la poetisa de Lesbos no sólo lleva sus dos mil seiscientos años de edad con dignidad absoluta, sino que, permítaseme la expresión, aún está de muy buen ver.» Una buena constatación de ello es el libro de poemas Safo en Madrid de Rufa Sánchez Uría o el homenaje que en Hombres en sus horas li bres le hace la poeta canadiense Anne Carson.
La Safo de Juan Manuel Macías viene, además, enriquecida —«de vez en cuanto la arqueología le trae alguna que otra satisfacción a la poesía de la lesbia»— por la traducción de un fragmento hallado en el ajuar de una momia egipcia que fue identificado en el 2004 por la Universidad de Colonia como parte de un rollo de poemas de Safo. En esta traducción, que por lo demás salvo excepciones no se aparta como reconoce su traductor de la edición Lobel-Page, se publica por primera vez este texto bajo el número 31.
Al margen de lecturas hagiográficas, morales o legendarias, la Safo que nos propone Juan Manuel Macías en su traducción es una poeta radicalmente contemporánea. Una poeta que leída por Horacio y por Catulo —hay que recordar que Safo ya era una poeta antigua en Roma— o Swinburne, lee a Pound en los homenajes que éste le hiciera:

Papyrus

Spring . . . . . . . .
Too long . . . . . .
Gongula . . . . . .

Para traducir a la poeta, Macías ha dejado atrás las reconstrucciones que hubieran podido traicionar la vigencia de los textos. Su traducción que prefiere la base endecasilábica y heptasilábica —un paisaje vagamente de silva— y renuncia a la estrofa sáfica, estrofa a la que únicamente se ciñe en el poema 6 fundando su elección en un «divertimento esporádico». Macias además, consciente de que presenta las ruinas de un cauce lírico sobre el que han intervenido el silencio y la violencia de la historia, no renuncia —tal vez orientado por el homenaje de Pound que refiere en el prólogo— a integrar esos silencios en el cauce de la recreación que supone esta traducción. Dentro de la tan traída y llevada y paseada cuestión de la poesía del fragmento, la Safo de Macías es casi una poeta más: «He preferido conservar las lagunas de los originales, siempre que me ha sido posible hilvanar un vacío, generalmente atendiendo a criterios más emocionales que lógicos. Muchas páginas de las ediciones críticas están plagadas de pasajes ininteligibles y entreverados por palabras perdidas. Ni he intentado su traducción ni, honestamente, creo que se deba perder el tiempo en traducirlos o, mejor dicho, transcribirlos en una enumeración vana: bastante emotivo ya de por sí es ver ese laberinto tipográfico de hermosas voces griegas en los libros eruditos y en el aparataje crítico.» Alegra que hoy Safo tenga tanto que ver con cierto Ashbery, Ungaretti o incluso Creeley —cito por la traducción de Pedazos de Marcos Canteli—:

«Claro que era hermosa, aquella/ Afrodita de la que había sabido y/ había alcanzado a ver como doncella—una/ apertura de niña—o conocido/ como una mujer vuelta de la luz/. Pero tal vez conociera a la otra/ aún mejor.»
A este respecto, Aníbal Núñez —un poeta que siempre podríamos estar leyendo— dice todo lo que yo querría poder decir de esta traducción en La belleza arrebata las palabras que intentan proclamarla: «De la mutilación de las estatuas/ a veces surge la belleza, de los/ capiteles truncados cuyo acanto/ cayera en la maleza entre el acanto: / perfección del azar que nada tiene/ que hacer para ser símbolo de todo/ lo que se quiera./ Triste/ belleza —nunca es triste/ la piedra en su lugar, nunca fue triste/ la maleza en el suyo —la del símbolo./ Pues el azar que rompe la voluta,/ cercena gestos imperecederos,/ es el mismo que quiebra la hermosura/ de edificios de sangre./ Sólo quise/ decirte —y me han salidos dos acantos/ y tres tristes— que nada/ hay para mí más bello que el ver que estás alegre/ y viva.»
Los poemas de Safo de Macías y los retales —aquellos textos que pueden suponerse los rescoldos del ingente edificio que supuso la poesía sáfica— son poemas que vuelven a constatar a Safo como fundadora —tal vez inventora— de la intimidad frente a los cantores de la cólera. «Una voz que se desmarcó del pensamiento y estética griegos, -como indica su traductor en otro momento- cuando afirma que “lo más bello es lo que uno ama”. El amor como invención más que como sentimiento». Los ochenta y seis poemas que expone Macías son, como vengo repitiendo, una magnífica confirmación de lo cerca que están creación y recreación. Textos fundamentales, esenciales: «Yo no aspiro a tocar la inmensidad del cielo» o «Pero yo amo la ternura;…/mi suerte es esto y la brillante/ ansia de sol y la belleza» sobre los que se ha trazado más que una cultura, una civilización. No es el momento de presentar a una Safo que posiblemente todos conocemos, sino de llamar la atención sobre una brillante traducción que un poeta, como es Macías, ha realizado y ha merecido una atención sobresaliente en distintas revistas de especialidad, superando todas la anteriores traducciones y ediciones de Safo, en palabras de Jesús de la Villa, profesor de Filología Griega en la Universidad Autónoma de Madrid. En mi caso, esta traducción, poesía de hoy, fragmentada y fragmentaria, descansa en la estantería de mi habitación justo entre El dolor y La alegría. De Ungaretti. «Heraldo de la primavera, ruiseñor de voz deliciosa». Qué más decir.
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Una puta re corre Europa, Alberto Lema

Caballo de Troya, Madrid, 2008. 144 pp. 12,50 €

Alberto Lema es un licenciado gallego en filología inglesa que ha sido conductor de camión y emigrante en Canarias. La contraportada de su primera novela, Una puta recorre Europa, recoge algunos puntos fundamentales de su poética: su intención de «buscar las zonas oscuras del presunto lustre de las democracias occidentales», de «hacer visible lo visible» y, sobre todo, de poner al servicio de tales propósitos las estrategias de la literatura de masas. O sea, luchar contra el poder utilizando sus armas y convirtiendo al autor en una especie de buen terrorista de la literatura.
Una puta recorre Europa es un libro que se lee de un tirón, pero no por eso puede considerarse ligero. Al revés, la presunta frugalidad de sus capítulos invita a una reflexión que pasa revista a ciertas instancias de poder: las consellerías, los debates televisivos, los profesores universitarios, las comisarías, los despachos desde los que se traman las corruptelas y se amasan los grandes capitales. Las instancias de un poder real que invisibilizan o emborronan lo visible con sus discursos y también con sus actos. Lema escribe una novela sobre la prostitución desde una perspectiva en la que es imposible la coartada de la ternura: una novela sobre la prostitución en la que no aparece ni una sola puta; sólo sus clientes y un par de feministas radicales que se dedican a asesinarlos para reivindicar la abolición de la prostitución del mismo modo que se abolió la esclavitud. Sin querer entrar al trapo en el debate abolicionista ni en la posibilidad de la existencia de un buen terrorismo en el espacio de la vida y en el de la literatura —dos posibilidades que contempla una lectura rigurosa del texto—, el logro de este libro tiene que ver con el hecho de que Lema no cae en la trampa, regocijante para el lector, de penetrar en la intimidad de las prostitutas, mostrando un lado humano, común y corriente, que a veces apesta a piedad, a buen rollito normalizador o a reportaje del National Geographic; tampoco entra en el plano espectacular de la sordidez. Lema mira desde el lado de una tercera persona que centra su foco en dos feministas radicales, lesbianas y guapas, dos mujeres con causa que se alejan del estereotipo interesadamente fanático con el que a menudo se ridiculiza a las militantes de estos colectivos. Y, aunque las putas no se dignifiquen como materia narrativa a través de la estilización hacia arriba o hacia abajo con la que siempre se retrataron en la historia de la literatura y del arte, al final son materia de vida, lo que de verdad importa, tal como se deduce de la conversación entre Luz y Ada en el capítulo que cierra Una puta recorre Europa:
«¿Se referían a nosotras o a las putas?
A las putas. Luz lo piensa un rato.
Eso está bien.»
Un silencio respetuoso, quizá sobre lo que no se conoce, desde luego sobre lo que no se pretende suplantar, se ha transformado en presencia. También el autor, en una lograda síntesis, presenta un repertorio de clientes que constituye un completo muestrario de consumidores de prostitución: el rijoso, el perezoso, el experimental, el rutinario, el principiante, el patito feo, el inseguro, el que quiere mandar, el que considera que follar es algo parecido a fumarse un puro después de digerir una opípara comida. El repertorio de clientes es un catálogo de razones que, lejos de justificar la existencia de un oficio que sólo lo es hasta cierto punto, ponen de manifiesto su propia fragilidad, su machismo, su mercantilismo, su puerilidad, su asunción acrítica de las costumbres más arraigadas en una historia patriarcal. Lema da la vuelta al calcetín de la moralidad y de las supuestas causas de una izquierda blanda y de una derecha tolerante en materia moral pese a la vesania de los obispos —ser un poquito tolerante con la moralidad capta los votos de ese espacio alienígena que se llama “centro”—: con Una puta recorre Europa Lema desvela la demagogia de los unos y el cinismo de los otros a la hora de abordar la cuestión de la prostitución. Consigue su propósito de hacer visible lo visible y de hacerlo desde una postura, aparentemente aséptica en su enunciación, pero que en el fondo entraña una toma de partido; con ella se aspira a intervenir en la realidad y en el concepto mismo de esa literatura de masas que, en las páginas de Una puta recorre Europa, el autor adelgaza, minimiza, fractura en el dibujo de unos personajes, una trama, unos diálogos, una historia romántica entre el policía y Diana, la mamporrera de una clase política que ha olvidado incluso el significado de la polis… Lema, desde alguna de las convenciones del género negro, deja al descubierto los resortes de sus trampas y escribe un libro que es un brochazo sobre el imaginario de éxito de la literatura comercial; Lema no aspira hacer visible lo invisible a través de los mecanismos de la poesía órfica o de una prosa iluminada, sino a algo más difícil que coloca a la literatura en lugar en el que sirve para algo: hace visible lo visible con una caligrafía literaria que se burla de los procedimientos de una literatura canónica cada vez más mimética respecto al texto que se puede vender y que, en último término, se vende. No es extraño que una novela en la que las putas no son sensibles y típicas, las feministas no son feas, los diálogos no son chisposos, y el misterio y la pulsión por conocer el final no actúan como motor de la lectura, no haya recibido ningún premio. Enhorabuena, Alberto Lema.

Der rumbe, Ricardo Menéndez Salmón

Seix Barral, Barcelona, 2008. 192 pp. 16,63 €

Ricardo es un buen amigo. Dicho esto, puedo decir lo que quiera. Y lo que quiero decir es lo siguiente: herida es separación y fusión. La quiebra de un límite, la fisura de una frontera. Herida es derrame. Con la brecha, lo primero que hace la sangre es expandirse sin rumbo, con urgencia y hacia delante, dejando atrás el cuerpo dañado. Hasta que el jugo, falto de cauce, posibilidad de retorno, porte o depuración, ve interrumpido su curso y pierde su brillo, su alcance, el carácter líquido que en cierto modo favorecía su movilidad. La of ensa: una reacción individual, de piel afuera. El mal en ese caso es un mal cuya huella se puede ir a buscar. Su rastro (aunque no su origen) es localizable. Pertenece a un tiempo, a un escenario: el dolor es un centímetro en un mapa bajo la yema de un dedo. Derrumbe: una reacción doble: personal y colectiva, de piel adentro: el mal está en nuestro alrededor más próximo; el dolor, igualmente concentrado en la yema de un dedo, pero en este caso, en la memoria que esa piel guarda de otra superficie: la casa, la ciudad, los nuestros. El edificio es albergue básico y máxima expresión de la comunidad y por tanto la destrucción de sus muros supone la reducción del individuo a la corta dimensión de su propia existencia: la violencia extrema, esa fuerza que arranca lo nuestro de nuestro lado trae consigo el desamparo original, la regresión a una forma inmediatamente posterior al nacimiento. A algunos niños, en su primer encuentro con el mundo, les hacen reaccionar mediante una agresión. Y cuando reaccionan, gritan. La principal potencia de la demolición reside en la promesa de aquello que ocupará el lugar de lo que demolemos. El derrumbe es una fuerza eminentemente destructiva y asombrosamente consciente de sí misma: todas las energías concentradas en colaborar con la agresión, con la insaciable infección que devora los cimientos, poner fin. Se derrumbó, solemos decir. Se derrumbó. Quien se derrumba es un sujeto que se tiene a sí mismo como objeto: empleo las fuerzas que me quedan en hacer más grande la carga bajo la que me hundo. En mi derrota no encontrarás tu victoria sino mi dignidad, pero también mi egoísmo: no esperes nada mío estando como estoy; haz por mí lo que yo no puedo hacer por ti. El terror tiende a poner algo en movimiento, aunque sólo sea el firme propósito de la más firme quietud. Lo que la explosión tiene de espantoso es que sólo ofrece dos alternativas: la desaparición o la mutilación. Dos formas de separación. Distancia. Orden es equilibrio y ley. En la autoría está la autoridad del escritor. «No me refiero con esto», dice John Berger, «al trabajo que entraña la escritura de un poema, sino a la labor realizada por el propio poema escrito. Todos los poemas auténticos contribuyen al trabajo de la poesía. Y el objetivo de este trabajo incesante es unir lo que la vida ha separado o lo que la violencia ha desgarrado. Generalmente el dolor físico sólo se puede aliviar o detener mediante la acción. Todos los demás dolores humanos, sin embargo, se deben a una forma u otra de separación. Y aquí el alivio es menos directo. La poesía no puede reparar ninguna pérdida, pero desafía al espacio que separa. Y lo hace con su trabajo continuo de reunir todo lo que ha quedado desperdigado.» Derrumbe. Derrame. Hemorragia. Pero siempre interna. Hacia abajo. Hacia el fondo. Pregúntate por qué. Sé. Comparte con los personajes tu cuota de responsabilidad para que así entre todos podáis repartiros el peso de vuestra aflicción. Construir es reconstruir. Un paso por delante es el material habitual de la narración. Un paso a un lado es el vivero propio de la escritura, de lo otro, de algo que probablemente tenga mucho que ver con lo que se piensa, pero que probablemente tenga mucho más que ver con lo que se siente. «Sin embargo», asegura Carson Mc Cullers, «escribir no es totalmente amorfo y antiintelectual. Algunas de las mejores novelas y escritos en prosa son tan precisos como un número de teléfono, pero pocos prosistas lo logran, debido al refinamiento que es necesario alcanzar en la pasión y en la poesía. No me gusta la palabra prosa; es demasiado prosaica. La buena prosa debe estar fundida con la luz de la poesía; la prosa debe ser como la poesía; la poesía debe ser tan inteligible como la prosa.» Así la escritura de Derrumbe. Los hechos, las figuras, las líneas, cuando más que representaciones son contenedores que al dialogar con el lector le revelan lo que éste contiene, exigen la máxima precisión: y entonces pude ver con toda claridad todo aquello de lo que me hablaba. Una representación, por muy lograda que esté, es desde su origen y por tratarse de una meta en sí misma, un poder limitado, un hermoso corazón inmóvil. Cuando la figura es profundidad del trazo y no sólo parecido, se revela como algo autónomo a pesar de su vinculación primera, unido al modelo referencial por aquello que lo constituye y no por aquello que lo representa: la elaborada pieza de un puzzle que en lugar de cerrar un trabajo lo abre, un elemento que en vez de completar una imagen ofrece muchas otras. Quien describe sigue el dictado de su espíritu, no de sus ojos; el horror, debido a su negativa a ser explicado, puede y debe ser, al igual que la armonía más tranquilizadora, descrito a partir de su fisonomía evidente, pero siempre atento al pulso de las emociones que su contemplación despierta. Así se desata el estremecimiento compasivo y temeroso ante el horror repentino, pero también otro tipo de estremecimiento, gozoso y en parte redentor, ante la forma en que ese horror es descrito. La oposición es el fundamento de la permanencia. Y quizá, por extensión, de la belleza. «Desde siempre», dice Kundera, «odio profunda, violentamente a aquellos que quieren encontrar en una obra de arte una actitud (política, filosófica, religiosa, etc) en lugar de encontrar en ella una intención de conocer, de comprender, de captar éste o aquel aspecto de la realidad. La música, antes de Stravinski, nunca supo dar una forma grande a los ritos bárbaros. No se sabía imaginarlos musicalmente. Lo cual quiere decir: no se sabía imaginar la belleza de la barbarie. Sin su belleza, esa barbarie seguiría siendo incomprensible. (Señalo: para conocer a fondo este o aquel fenómeno hay que comprender su belleza, real o potencial.) Decir que un rito sangriento posee belleza es un escándalo, insoportable, inaceptable. Sin embargo, sin comprender este escándalo, sin ir hasta el final en este escándalo, poca cosa puede comprenderse del hombre. Stravinski otorga al rito bárbaro una forma musical fuerte, convincente, pero que no miente: escuchemos la última consecuencia de la Consagración, la danza del sacrificio: no se escamotea el horror. Está ahí. ¿Que tan sólo se muestra? ¿Que no se denuncia? Pero es que si se denunciara, es decir, si se le privara de su belleza, si se mostrara en su fealdad, sería un engaño, una simplificación, una “propaganda”. Es porque es bello por lo que el asesinato de la joven es tan horrible.» En el inicio latigazos. Un ataque ejecutado desde diferentes flancos. Si el horror se revela en las acciones que un personaje lleva a cabo, que no haya nada más entre unas acciones y otras. Y. Y. Y. No tiene fin. ¿Acaso no ha sido ya suficiente? Cada una de las frases del comienzo es un escorzo brusco con el que el animal intenta rebelarse ante la herida nueva y con el que no hace más que mostrar su indefensión ante la novedad del dolor. Todo ataque, aunque esperado, termina siendo nuevo porque produce un daño recién nacido y por ello un dolor, un grito, una música, una respuesta igualmente nueva y siempre repetida, ajena a su insuficiencia. Nos cogemos un dedo al cerrar una puerta. Dolor es una superficie atrapada entre la colisión de dos superficies. Comprendemos lo que ha pasado a partir del sonido que hace la puerta al cerrarse. Pero el sonido sigue al momento en el que una superficie entra en contacto con las otras. El canto es siempre posterior. Puede guardar una relativa simultaneidad con el sufrimiento, pero no con el daño. Contra el derrumbe moral la construcción estética. «La mecánica», afirmaba Quique Sánchez Flores en una entrevista reciente, «forma parte de lo defensivo y la creatividad de lo ofensivo.» Trinchera y canto. Esfuerzo y misterio. Derrumbe: cuando pronunciamos esa palabra no nos aborda una imagen sino un sonido. Un ruido que localizamos en el vientre. La colisión, ése es el origen de ruido, pero también puede ser el origen de la música. Decepción es desaparición del suelo: revelación: qué poco importa de repente todo cuanto nos importaba. O: qué importante se ha vuelto de pronto todo lo que no nos parecía importar. Imposible soportar sobre nuestras espaldas la ligereza de nuestras manos. El derrumbe tiene lugar cuando el asombro hiere. Por el contrario, cuando el asombro consuela, asistimos a la manifestación inesperada de la belleza. El goce estético frente al terror cercano. «Quizá todo placer sea alivio», dijo Burroughs; y tal vez, se me ocurre ahora, todo alivio sea resistencia. Quien explora, en su búsqueda, abandona. Obra es rechazo y vínculo. En cuanto al estilo: si el cambio trae consigo metamorfosis estamos hablando de desarrollo (por ese motivo siempre preferí La transformación en vez de La metamorfosis como título para la prodigiosa obra de Kafka); cuando el tanteo es necesidad de un camino en lugar de lúdica revisión de lo conocido, se trata y sólo entonces, de exploración. Se tantea en la oscuridad y es la piel la que nos informa del lugar donde nos encontramos. Tantear consiste más que nada en reconocer. Reconocer y descartar todo aquello que ponga en peligro nuestro único objetivo: alcanzar la claridad. La musculatura del lenguaje en un principio hincha, en una mezcla de expansión y ego, pero luego, con el tiempo se define, fruto de la contracción y el ideal noble de la sustancia. Médula es consecuencia del despojamiento. Forma es fibra y no feria. Fijación y grabado del calambre y no simple exhibición virtuosa. «Mi trabajo», dice uno de los personajes de Peter Handke, «consiste fundamentalmente en eliminar, quitar. Dejar huecos, no sólo en las estanterías sino también en los cuerpos. Dejar huecos y abrir cauces para los ríos. Y evidentemente, señores, si ustedes se empeñan, en mi farmacia hay de todo. (Por la noche aquel quiosco, lleno de rejas, de candados, rodeado de barricadas, tenía algo de búnquer, «al que habría que hacer saltar por los aires para entrar dentro).» Epifanía: y aquella lumbre repentina fundió en una sola todas las cosas hasta entonces alejadas entre sí y oscurecidas en su significado literal. Los artefactos engrasados por la savia intelectual no sólo funcionan sino que confirman que el mecanismo es arquitectura sensible. Alusiones lúcidas y sofisticadas a los códigos internos del texto, a los conflictos técnicos y por tanto morales simultáneos a su redacción: el polvo acumulado en las dobleces del plano, un polvo al que hace visible la luz. La vida y la escritura. La una reflejo de la otra. La figura, sutil y poderosa, del doble: no tema ni personaje sino sentido, profundidad: y el libro, en ese momento, comenzó a hablarme de sí mismo, quiso compartir conmigo su propia historia. La vida y la escritura. Una simetría fundamentada en lo motriz y no en lo visible. Escritura y vida, sí, pero también lo contrario. Escritura y muerte: se construye una obra igual que se construye una bomba: un artefacto engendrado por la fiebre: la precisión como consecuencia del arrebato; la pasión como cultivo de la voluntad. Escritura y vida. Escritura y muerte. Creación. Una respuesta al vacío. Alegoría: después de indicarles a los demás el lugar en el que nos habíamos perdido, el humo siguió su curso en el cielo. Elipsis contundentes: el tiempo es la información por el lector añadida. Los cortes. Los cabos. Entre la última palabra de un pasaje y la primera del pasaje siguiente puedes oír el murmullo de la sangre desplazándose desde el corazón del autor hasta su mano, la misma mano con la que, en la penumbra que envuelve al ciudadano que era y trata de seguir siendo, en esa nueva realidad que reemplaza a la realidad hasta entonces conocida por él, tantea. Su búsqueda es su cobijo y muy de vez en cuando, como sucede a lo largo de la lectura de esta obra, el resultado de esa búsqueda es un hallazgo para los otros. Ricardo se sirve de un género concreto y codificado de la única manera que debe hacerse: como si éste fuese un puente que hay que diseñar y construir con tenacidad y esmero, pero sin olvidar en ningún momento que lo que le da sentido a un puente son siempre las orillas que une. Por decirlo de otro modo, Ricardo nos recuerda que lo que debe importarnos de los crímenes son los huecos dejados por las víctimas, la cotidianidad de los asesinos, la soledad de los cazadores. La autoría del delito, las pesquisas, el ansiado enfrentamiento final, son simples condimentos literarios, rutina de los personajes y en muchos casos rutina del autor. Elementos que conducen. Avivan. Mantienen. Pero por sí solos no sostienen. Un giro es válido si es consecuencia y antesala para que lo que primero es sorpresa sea inmediatamente rigor, coherencia, afirmación. La sorpresa, por sí misma es tan solo efecto. Durante su tanteo, el autor no aparta la mirada de los escombros sino que pone todo su empeño en alzar con ellos la base de su propia edificación: historia: los ojos y las manos: la vista marca la posición que las cosas guardan respecto a nosotros; el tacto marca la posición que nosotros guardamos respecto a las cosas. De alguna manera, mientras que la vista va siempre unida a la distancia, el tacto está invariablemente ligado a la proximidad. Porque lo sentimos lejos le ponemos nombre a todo lo que vemos. La piel es el comienzo del mundo. Lo que reconcilia a un escritor con su trabajo es la obra de otro escritor. Es decir, al autor, al menos en mi caso, se le recupera a través del lector que es. Creo que fue Stevenson quien dijo que todo aquello a lo que un escritor debe aspirar es al respeto callado de sus compañeros de profesión. Ricardo ya contaba con ese respeto. Un respeto que con esta nueva obra no sólo conservará sino que verá convertido en admiración

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